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Jota, por si algún día no me acuerdo

Preguntas existenciales
Como podría decir Calamaro en una de sus más célebres canciones soy de la quinta que vió el Mundial del 78, contando exáctamente un par de primaveras. Si bién aquel evento no lo disfruté, ni ningún otro ya que no me gusta el fútbol, sí que lo hize durante el del 82 mientras la gran fiesta de aquel entrañable Naranjito encandilaba a gran parte de España. Os lo cuento.
De entrada me tragué gran parte de los Naranjito´s match en las cafeterías a las que me llevaba un tío mío que hacía de canguro sacándome a que me diera el aire (el de los bares se entiende) y al cual saqué casi el sueldo medio interprofesional de la época materializado en monedas de cinco duros que machaqué literalmente en el Choplifter, que era una máquina recreativa de helicópteros que me entusiasmaba. Poco más tarde mis habilidades con las máquinas recreativas dieron un paso importante cuando descubrí el sitio donde escondían su botón de encendido, cosa que volvió a repercutir en el maltrecho bolsillo de mi pobre tío en forma de devolución del importe a los sufridos jugones que eran víctimas de mis "gracias". Y es que hoy que escribo esto descubro dos cosas ciertas: que mi tió tenía una santa paciencia y que yo era un verdadero cabrón.
En ese año en que el país suspiraba por ganar fama y gloria dándole patadas a un cacho de cuero yo lloré en el Cine Gran Hotel viendo cómo unos científicos de la NASA trataban de devolver a la vida a un pene con ojos que se había quedado atrapado en la tierra por culpa de las prisas de sus congéneres y que tuvo que ingeniarselas para hacer algo tan sencillo y tan complicado como un teléfono para llamar a casa. Fácil y divertido. La misma NASA no ha sido capaz de imaginar un prototipo de semejante ingenio en su puñetera vida y este bicho va con una cuchilla de radial y un teléfono de juguete como uno que tenía mi hermana, y que valía para poco más que sacarte de quicio con sus mensajes repetitivos, y coge y llama a plutón. Sin pagar conferencia ni nada, jódete Paco.
Yo me preguntaría, si sabía volar ¿por qué no cogio la bici del jodío Eliott y salió zumbando?. Tronco que el zompo en el que viniste tenía que gastar lo suyo en gasolina por no decir en bombillas, y pedaleando al final también llegas. Y se hace ejercicio oiga. Y yo no lloro so condenao!!!.
Claro, nos cargaríamos la película. Ala sigo con lo mío.
Lo cierto es que aquella ET me marcó profundamente y sólo la despedida un año después de Enrique y Ana pudo igualar el nivel emocional al que ésta me sometío (1).
La última vez que les vi fue en el circo en una gira de despedida que hicieron. El espectáculo culminaba con aquel "Llegó el triste momento de la separacioooón" que ponía punto y final a su carrera... Después campana y se acabó. Enrique acabaría encontrando quien le aguantara en inaguantables programas del corazón; y Ana se lo curró un poco más, estudió informática y ahora trabaja honradamente en una empresa de teleco al margen de la popularidad. Ese día yo ademas de llorar recibí mi primer afeitado, y además por cuenta de un elefante, flipa. Pero bueno, no fue tan gordo el trauma y pronto todo volvió a la normalidad.
Mi padre tenía una aguja de repuesto para poner en el tocadiscos y cuando yo quería oir a Enrique y Ana la ponía. Cuando la quitaba y yo no estaba delante la buscaba y la adoraba sin razón, era "la aguja" sin más, dorada, reluciente, especial... la del disco sagrado de Enrique y Ana. Solo ella tenía el derecho de acariciar los surcos de uno de los más preciados discos de mi infancia y hacer sonar sus canciones: Alibombo, En un bosque de la china... A mí me gustaba Garabatos, quizá porque por entonces empezaba a desarrollar una tendencia a la musicalidad o algo así, y aquel sin duda era el tema mas "serio" que tenían (Amigo Felix lo es más, pero no iba en ese disco). Cierto es que yo establecía la diferencia entre canciones "serias" e "infantiles" en los violines; si los llevaba era seria y si no... pues infantil, toma ya.
Lo normal en un crío de esa edad es que se lo pregunte todo, es lógico. Lo que no se yo si llega a ser normal es que mis preguntas sobre la vida se relacionaran con cosas como "¿Como harán para mover el edificio del Corte Inglés de un santo Madrid para que yo entre al ascensor en una planta y salga en otra?", porque lo cierto es que esos ascensores ya eran mogollón de suaves por entonces y no notabas ni que subías ni que bajabas... y yo era un crio, leches". Ahora lo pienso bien y es como si hubiera traido la Teoría Egocéntrica de serie y pegada al culo. Menos mal que aún la vida tenía mucho que enseñarme aunque una de ellas precisamente es lo contrario de eso: es mentira que acepte que el ombligo del mundo no soy yo (2).
Los límites fínitos de la tierra y de sus elementos tambíen eran algo que me traía de cabeza. Debía de ser larguísima la cuchilla de la máquina (la del embutido no, la otra) con la que cortaban los trozos de carne en el autoservicio de abajo de mi casa porque la veias pasar y pasar, y cortar y cortar... y nunca nadie rebobinaba aquello. Sin duda era demasiada cuchilla para tan poco disco duro... o con tan poco software implantado.
La misma pregunta de la cuchilla pero trasladada a las escaleras mecánicas también me la hacía, pero me consta que mucha gente también asique la pasaremos por alto.
Hoy recordar cuando uno era un crío supone autoexplicarte inevitablemente muchísimas cosas, cosa que irremediablemente borraría su encanto si no fuera por que están grabadas en el corazón y difícilmente pueden ser alteradas. Algún tiempo después las excavadoras, esos bichos grandes y horribles que forman parte de la fauna gris de las ciudades, rompían las paredes de aquél magestuoso y a la vez frágil Gran Hotel dejándolo expuesto al cielo abierto. Tuve tiempo de verlo antes de que su grandeza desapareciera entre los escombros, y la verdad es que pese a su inmensidad era más bien pequeño... como yo.
Jota, por si algún día no me acuerdo
febrero 2008


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Hurgando por internet he encontrado este video en el que por suerte alguien inmortalizó aquel cine.



(1) Esto que sigue no se lo va a creer nadie. Viendo la película ya descubrí el anuncio subliminal de Old Spice que esconde en uno de sus dialogos y que con una cierta edad es evidente. Aunque entonces la frase quedó grabada en mi cabeza sólo como incognita, más tarde descubrí la marca y la asocié inmediatamente, curioso.

(2) Joaquín Sabina, de su gran disco "Yo, mi, me, contigo"